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EL PLACER DE DAR RIENDA SUELTA A TUS CABREOS, POR BURGER KING

“Justo cuando va a empezar mi canción favorita en spotify.com, sale esa cuña de los c [biiiip ] que además de venderme una m [biiiip] que nunca en mi j [biiiip] vida voy a comprar, la tengo que oir por h [biiiip] [biiiip] [biiiip] [biiiip]!!!!!!!… Nueva Angry Burguer, descubre el placer de dar rienda suelta a tus cabreos. Sólo en Burger King”

Seguro que no es una trasnscripción perfecta, pero transmite la idea de la cuña que escuché ayer mientras trabajaba en mi portátil oyendo música a través de spotify.

La verdad, me sorprendió favorablemente.

Desde que la publicidad existe a los profesionales del sector se nos ha enseñado que una marca debe aparecer ante sus audiencias como un ente cuasi-mítico, infalible, perfecto y sin fisuras. Según el decálogo no escrito del lenguaje publicitario, una marca debe dirigise a sus clientes sin bajar de su pedestal, vamos, a modo de telepredicador. Debe enfatizar su liderazgo (siempre se es líder en algo), subrayar que es mejor que la competencia, elevar a lo más alto el mito del producto, pero jamás apuntar una debilidad ni recurrir a la autocrítica.

Así, una hamburguesa debe transmitir en su publicidad que si la comemos, además de cuidar nuestra nutrición con ingredientes de la más elevada calidad, contribuimos al sostenimiento de una empresa socialmente responsable, nos divertimos e incluso ¡mejoramos la relación con nuestros hijos!

Burger King lleva años construyendo su marca con notable éxito en la dirección opuesta. Su recurso es el humor y de lo que primero se ríe es de sí misma. Una hamburguesa solo sirve para saciar el hambre. La publicidad nos interrumpe y nos irrita: todo el mundo lo sabe. Pero al menos tenemos la originalidad de admitirlo. Desde luego que el Angry Burguer de BK también ha interrumpido mi sesión de spotify, pero al menos me ha dejado con una sonrisa, y con la impresión de que me conocen mejor que nadie y hablan el mismo idioma que yo.

Tomo nota para la próxima vez que decida visitar un burguer.

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DIFERENCIACION Y TORTILLA DE PATATAS

Los psicólogos dicen que nuestra existencia es un devaneo pendular entre la seguridad y el riesgo. Somos seres sociales pero al mismo tiempo necesitamos afirmarnos. Nos debatimos entre la seguridad que nos ofrece pensar y comportarnos con arreglo a los patrones “políticamente correctos” que dicta el grupo, y la curiosidad por despegarnos de ese grupo y la ambición de ser diferentes a los demás.

En la práctica totalidad de marcas para las que he trabajado esta misma duda me consumió siempre –y me consume-. Invertir en una marca tomando decisiones sobre producto, sobre publicidad, sobre promociones, implica un enorme riesgo: equivocarse. Equivocarse en marketing equivale no solo a malgastar un presupuesto sino a alejar la marca de sus consumidores.

Las escuelas de negocios nos enseñan a lidiar lo mejor posible con este riesgo. Aprendemos metodologías destinadas a que no metamos la pata en lugar de descubrir cómo desarrollar productos únicos y valiosos. La investigación de mercados, el benchmarking, los análisis de viabilidad son necesarios y útiles pero no ofrecen soluciones perfectas. El riesgo quizá pueda reducirse pero nunca eliminarse.

Me pregunto –hablando en genérico- cuál de estas dos estrategias entrañaría mayor riesgo:
– guiarse por los pasos de la competencia, emulando en lo posible su oferta para sentirnos seguros de que siguiendo la pauta del mercado, al menos no fracasaremos estrepitosamente
– romper las reglas, sabiendo que en un mercado sobresaturado de ofertas, sólo los productos verdaderamente diferenciales lograrán alcanzar el éxito con mayúsculas.

Hace poco descubrí a alguien dispuesto a romper las reglas con algo tan aparentemente prosaico como una tortilla de patata. Este plato es el único argumento de diferenciación de un restaurante de Betanzos en el que comí este verano. Yo estaba por la zona y los comentarios en http://www.11870.com/ sobre su tortilla me atrajeron al sitio.

En lugar de postularse como lo hace su competencia en Betanzos: “especialidad en carnes, pescados, arroces y mariscos de la ría” (o sea, especialistas en todo), estos señores optaron por desarrollar un plato popular de un modo diferente y basar en él su posicionamiento. Ello les ha permitido desmarcarse del resto y hacerse con una clientela fiel.

Realmente una vez allí lo de menos es la tortilla. Has traspasado el umbral y estás sumergido en la experiencia de marca: el servicio, el local, la carta, los precios… Y todo encaja bien así que volveré, aunque no sea para comer tortilla de patatas.

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AUNQUE EL BANCO POPULAR SE VISTA DE SEDA…

Ayer me detuve un momento a contemplar un paisaje urbano de los típicos, al que normalmente no suelo prestar atención: dos escaparates de dos bancos, el Popular y Bankinter, a escasos 100 metros uno de otro.

La entrada viene a propósito del Banco Popular, que hace unos meses ha cambiado el tono de su comunicación en el punto de venta. El mensaje que da a la calle dice: “Aquí dentro las buenas noticias económicas abundan” (perdón por la pobre calidad de la foto, tengo que cambiar de móvil…) sobre un fondo sepia de prensa económica.

No se puede negar que el mensaje es directo y agresivo, y el hecho de utilizar un fondo de papel de periódico, rompe con la estética habitual en las sucursales bancarias. Sin embargo los señores del Popular comenten un error frecuente en Branding de servicios bancarios: son incoherentes.

Estamos en el año 2009, no en los ochenta. En medio de una saturación nunca vista de ofertas indiferenciadas y con las audiencias fragmentadas y hastiadas de publicidad, una marca ya no es aquello que sus propietarios dicen que es, SINO LO QUE EL CONSUMIDOR EXPERIMENTA.

Y la experiencia del consumidor no se alimenta tan sólo de la publicidad. Es más, últimamente de lo que menos nos fiamos los consumidores es de la publicidad.

El posicionamiento de una marca en nuestra cabecita depende igualmente de la relación que tengamos con el producto (en el caso del Popular, sus ofertas tanto de activo como de pasivo), el entorno físico (sus oficinas, su señalética, su disposición interna…) y las personas (empleados del Popular que intermedian entre el Banco y nosotros sus clientes). Si la imagen del Popular está anquilosada desde hace años, si su oferta de productos es conservadora y su lenguaje complejo, alejado de la realidad de sus clientes, si las oficinas tienen un aspecto vetusto, si las personas tienen un rictus funcionarial… por muy trendy que pretenda ser su comunicación en punto de venta, y el conjunto resultará incoherente y falto de credibilidad.

A su lado Bankinter: un banco moderno e innovador. Con una imagen de marca consistente en todos sus puntos de contacto con el cliente (sucursales recién reformadas, modernas y tecnológicas, productos relevantes y fáciles de entender, una comunicación fresca y desenfadada y un personal joven y con excelente cultura de servicio al cliente).

Si yo fuese el Popular pondría en marcha una auditoría de marca a todos los niveles. Para encontrar un espacio diferencial frente a su competencia y relevante y actual ante sus consumidores. Y aplicaría este nuevo posicionamiento a su oferta de producto, sus oficinas, su personal y su comunicación.

Mejor mañana que la semana que viene. Porque por muchos carteles cachondos que cuelguen en sus escaparates, aunque la mona se vista de seda…

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NO MOLA LA OLA (DE LA ONCE)

Hace un par de años tuve ocasión de conocer a los de marketing de la ONCE. Una de las agencias de su pool me llamó para diseñar una estrategia “no convencional” dirigida a ampliar su target, atrayendo consumidores más jóvenes y afines a las nuevas tecnologías digitales.

Aquel briefing me pareció todo un acierto, un giro arriesgado pero necesario. No en vano la franquicia de clientes de la ONCE hace años que sufre un notable estancamiento. Sus ingresos se ven erosionados por la competencia de nuevos productos como Euromillones o los distintos formatos de la Primitiva. A duras penas consigue mantener a sus compradores de siempre y captar nuevos clientes parece una quimera. Si bien en los últimos años ONCE ha lanzado con encomiable esfuerzo un puñado de nuevos productos destinados a compensar la caída de ventas del cupón de toda la vida, su éxito ha sido más bien escaso.

Volviendo al proyecto en cuestión, propusimos -siguiendo al dedillo el briefing que habíamos recibido-, una plataforma para la captación y retención de nuevos clientes basada en el uso del teléfono, SMS y e-mail. El estímulo a la participación serían distintos premios exclusivos (fundamentalmente viajes experienciales irrepetibles). Alrededor, una campaña de publicidad en medios convencionales procuraría acelerar la propagación del nuevo producto entre el target.

El día de la presentación, el máximo responsable de la agencia tomó las riendas. Y provocó que el 99% del tiempo se hablase de lo gracioso que era el spot de TV. El 1% restante hablé sobre los regalos. No dedicamos ni un segundo a discutir lo acertado o no de crear una nueva plataforma de diálogo ni a hablar sobre las posibles vías para aumentar la franquicia de clientes de la casa.

De un briefing prometedor a una presentación de las de siempre.

Creo que la ONCE es esclava del éxito televisivo de antaño. Que si bien el cliente parece profesional y organizado, está tan atenazado por su problema comercial que se aferra a la tele, que un día fue la clave de su éxito, para mantener alta la moral de las tropas. Pretende aplicar recetas de ayer, cuando ni los medios, ni los clientes, ni la competencia, ni el entorno eran ni por asomo lo que son hoy día. Demandan proactivamente una propuesta que les permita oxigenar la casa, captando nuevos clientes jóvenes que sean fidelizados y generen cada vez más ingresos a través del cross-selling, pero cuando la tienen delante, centran el discurso en un spot.

Epílogo: al final se lanzó una campaña convencional (en el más amplio sentido de la palabra) con su anuncio en la tele, su cuña en la radio y sus marquesinas. No volví a la ONCE. Lástima, creo que es una marca interesante.

Había olvidado este episodio hasta que el nuevo spot del sorteo del verano de la ONCE me lo recordó. Este año la gran aportación del sorteo de verano de la ONCE es que ha enterrado a los heavies sustituyéndolos por un híbrido entre hit de Rocío Jurado y coros veraniegos de Beach Boys.

Dudo mucho que esta estrategia conduzca a mucho más que extraer una sonrisa de la audiencia la primera vez que vean el anuncio, hasta llegar al bostezo o el desdén después de la decimoquinta repetición.

Y me pregunto cuántos nuevos clientes pueden activarse haciendo lo mismo de siempre.

Y aplicando más reiteración que nunca.

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LAS MARCAS BLANCAS NO SON DEL TODO BLANCAS

Cuando hace año y medio los grandes medios comenzaron a emitir preocupantes mensajes sobre la inminencia de una crisis nunca vista, algunas grandes marcas sonrieron repachingadas en el confort de los lineales.

Incluso en un momento de criris, ellas, las marcas “de color” no tenían nada que temer ante las “imitaciones baratas”, las llamadas marcas blancas. Es cierto que cuando el consumidor se aprieta el cinturón, los productos con sustitutos a mejor precio fáciles de identificar y conseguir pueden salir perdiendo. Este fenómeno se ha estudiado empíricamente y puede demostrarse e incluso anticiparse en la mayor parte de sectores. Sin embargo, pensaron nuestras marcas “de color”, los precios más baratos por sí solos no conseguirán derribar la solidez de una relación de fidelidad como la que tenemos con nuestros clientes. Nuestras marcas son poderosas, llevan mucho tiempo entre nosotros, han sido construidas con inversiones multimillonarias en publicidad y promoción, han llegado al corazón de las personas: ¿quién podrá quitarlas de ahí?

¿La respuesta? esos mismos consumidores.

Muchos fabricantes subestimaron el potencial de las marcas blancas… pensando que eran completamente blancas. Pues no. Las marcas blancas también poseen atributos y valores que pueden hacerlas deseables. No me refiero solo al precio, ni a la transferencia de valores del propio distribuidor. Si lo miramos en más detalle, veremos que esa decisión de pagar menos por lo mismo –o casi-, responde a una reflexión de compra más profunda y significativa que produce gran satisfacción al que adquiere el producto.

Esta actitud ante la compra ha sido descrita como “comportamiento Zara”: ¡pero mira esta camiseta, si tiene una pinta estupenda: sería de tontos pagar más por una camiseta igual de Dolce & Gabana!. Pues eso, las marcas blancas no dejan de crecer porque una parte del público ha decidido que pagar casi un euro más por un yogur porque sale en la tele es injustificable. Que pagar menos no sólo es una buena decisión económica, sino que quien ahorra se siente más inteligente que quien se deja arrastrar por la hipnosis que provocan las grandes marcas. Ok, esto es una simplificación de la realidad, admito que Danone aporta más beneficios como marca que el mero hecho de ser un anunciante líder. Pero la pregunta es: ¿qué nivel de sobreprecio estaría justificado por estos valores de marca: un 30% más? un 10%?

Fabricantes: como en el lapidario mensaje de las puertas del infierno en la Divina Comedia: “desechad toda esperanza”. En el infierno –para las marcas con sobreprecio- de los nuevos mercados dirigidos por los repelentes consumidores 2.0, cada vez resultará más difícil cobrar tres eurazos por cien gramos de jamón cocido loncheado. Siempre y cuando haya alguien dispuesto a cobrar un treinta por ciento menos con una calidad razonable. No olvidemos que la calidad no es un parámetro absoluto sino relativo: la calidad solo puede ser evaluada en el contexto del precio pagado.

En los despachos de caoba de las grandes multinacionales suspiran mientras tachan ansiosamente las fechas del calendario con un grueso rotulador: ¿cuándo se esfumará la crisis? ¿Cuándo volverán los clientes a confiar en nuestra marca?

Les aguardan malas noticias: los buenos tiempos para las marcas de color simplemente no volverán.

En Marketing lo más difícil, con mucho, es cambiar las percepciones de los consumidores. Como apunta Al Ries, conseguir que un cliente reconozca que la marca a la que ha estado concediendo su confianza no la merece, y concederla a un tercero, es un ejercicio que requiere una mastodóntica fuerza para ser llevado a cabo. Y una vez que se produce, es difícil, casi imposible revertirlo.

¿Realmente tu marca de mermelada favorita ocupa un lugar tan crucial en tu vida como para echarla de menos cuando no la compras? ¿La recordarás con nostalgia durante meses hasta que la crisis amaine y te puedas permitir el lujo de volver a comprarla? ¿Te merece la pena volver a comprarla?

A lo mejor no.

El gallo de Kellogg´s frunce el pico en una mueca de impotencia mientras los carritos del hiper pasan de largo. El monopolio de los yogures argumenta que no fabrica para marcas blancas (¿es eso un activo de marca en los tiempos que vivimos?). Y la abuela de Litoral nos enseña su fondo de armario mientras reivindica que solo su fabada es realmente fabada.

La mayor constatación de que una empresa tiene un problema de marketing que no sabe cómo resolver es verla derrochar sus euros en la tele confiando en que la presión publicitaria lo arregle todo.

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LANCE ARMSTRONG: el declive del ciclista y el auge de la marca

Ayer las cumbres Suizas vivieron el penúltimo episodio en la carrera del ciclista más grande que ha dado el Tour de Francia: el texano Lance Armstong. El paso inexorable del tiempo, incluso para un supercampeón como él, hizo que hincara la rodilla ante el empuje de un chico de sólo 25 años, Alberto Contador.

Tranquilos: la entrada no va de forofismo ciclista oé, oé, oé!!!, sino que es una invitación a observar la figura de Armstrong en su doble vertiente de deportista y marca.

Lance Armstrong es muy probablemente el mejor ciclista de la historia: ex campeón del mundo en varias ocasiones y vencedor de siete ediciones de la carrera más exigente del ciclismo (el Tour de Francia). Más que por este hecho, la leyenda de Armstrong y su potentísmo atractivo y popularidad se forjan alrededor de su victoria ante el enemigo más temible: la muerte. Entre 1996 y 1998 Armstrong se enfrentó a un virulento cáncer testicular que hizo metástasis hasta llegar a su cerebro y pulmones. Le dieron unos meses de vida. Y se equivocaron.

Hace años cayó en mis manos su libro “My Journey Back to Life”. Esperaba encontrarme la celebración autocomplaciente de un triunfador en todos los órdenes de la vida. En lugar de eso, la idea más presente en el libro es el agradecimiento de Armstrong por haber vivido la enfermedad: “lo mejor que me ha pasado” y haber aprendido a no dar nunca más nada por sentado y a tomar verdadero control de su propia vida.

Diez años después de superada su enfermedad, Armstrong se ha convertido en una marca de elevadísima notoriedad y credibilidad en el campo de la lucha contra el cáncer, y la divulgación de hábitos saludables en general. Consciente de que su figura podría estimular la concienciación ante esta enfermedad, Armstrong decide fundar la asociación Livestrong en 1998. Concebida en sus inicios como una ONG, se orientó a la investigación, divulgación y lucha contra el cáncer. Hoy es una mega-comunidad global orientada al fomento de los hábitos saludables, que comparte contenidos con la web personal del ciclista.

Armstrong posee un extraño poder hipnótico. Cuando anunció su regreso a las carreteras tras tres largos años de ausencia, creímos que realmente volvería a ganar. Pero Lance no: a pesar de su pose calculadamente arrogante, él sabía que la victoria estaba fuera de sus posibilidades.

Pero su objetivo era bien distinto: conseguir la máxima exposición para su marca. El corredor invencible que había sido capaz de derrotar a la muerte, había vuelto. El retorno del Cid, cabalgando de nuevo a lomos de Babieca.

Los resultados le respaldan: cientos de medios internacionales vienen retratando desde hace quince días, no la historia del Tour 2009, sino la del heróico retorno del super-campeón. Miles y miles de webs en todos los idiomas especulan con los entresijos de su regreso: su liderazgo en el equipo Astana e incluso en el resto del pelotón, su agenda espartana dentro y fuera de la carrera, la creación de un nuevo equipo ciclista Nike/Lance Armstrong en 2010, sus peleas irreconciliables con la prensa francesa… Su figura ha sido el gran argumento de una carrera herida de muerte por los escándalos de dopaje de los últimos años. Las audiencias en TV e Internet, han aumentado por encima de un 20% en relación al pasado año.

Valores y actitudes todos ellos que consigue trasladar a su marca Livestrong. Ello hace posible que la lucha contra el cáncer se aborde no desde una perspectiva médica y de tratamiento, sino desde un enfoque preventivo, vitalista y optimista.

Livestrong es como Lance: derrocha ambición e incluso un cierto espíritu rebelde e inconformista, pero también autoconfianza, empuje, estrategia y trabajo en equipo.

Como consecuencia de todas estas iniciativas, la marca Armstrong ha adquirido unas proporciones mucho mayores de las que el americano jamás tuvo como ciclista. A modo de muestra:

– En 2008 (por tanto dos años después de su retirada) la revista Time le elige como una de las cien personas más influyentes del mundo.
– Lance es un fanático usuario de Twitter que cuenta con la friolera de ¡1.492.898 seguidores! Ningún otro deportista del mundo (ni Kobe Bryant, ni Michael Phelps, ni Tiger Woods, ni siquiera Cristiano Ronaldo cuentan con semejante grupo de fieles).
– una acción conjunta con la casa Nike le ha servido para vender más de 60 millones de pulseras amarillas “Livestrong” en todo el mundo.
– Si tecleas “armstrong return” en Google, obtendrás la sorprendente cifra de 19.500.000 entradas!!!

No hay duda de que estamos ante un deportista de excepcional talla que está escribiendo sus últimas páginas. Algún día no muy lejano Lance Armstrong colgará su bicicleta para siempre, pero su leyenda no dejará de alimentar el crecimiento de su marca, como si su bicicleta siguiese ascendiendo en solitario por las tórridas cumbres de Francia.

Por cierto, me unen dos cosas a Lance Armstrong: ambos nacimos el mismo año y ambos corrimos el Maratón de Nueva York el mismo año. Aquel día me ganó. Pero sólo por 3 minutos eh 😉 …

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SNICKERS LUCHA CONTRA EL HAMBRE EN AMERICA

Nos encontramos ante un punto de inflexión de gigantescas proporciones en la relación de las marcas con nosotros, los consumidores. Esta avalancha de cambios afecta a todas las maneras que tradicionalmente los fabricantes de productos y servicios han tenido de acercarse a nosotros. Una de ellas es el patrocinio. Tradicionalmente la profesión ha hablado de que la asociación de una marca con un evento, un deporte o un personaje famoso producía una transferencia de valores positivos, de patrocinado a patrocinador.

E.d. Bwinpor ejemplo se apropiaría de un trocito de la leyenda madridista (sacrificio, perseverancia, triunfo, solidaridad, liderazgo, honradez, tradición…). Suena idílico: invierto en el patrocinio de un gran club como el Madrid y de la noche a la mañana una plataforma virtual de juego como bwin que si os fijáis como marca representa justo lo contrario (apuesta y gana, aquí y ahora…) obtiene un plus de credibilidad y fiabilidad que hace que su propia oferta despegue.

Pues ya no funciona así.

Como en tantas otras facetas de consumo, las audiencias nos hemos vuelto incrédulas y exigentes y sabemos que ninguna relación de este tipo es auténtica, ni eterna, ni existen dos partners totalmente complementarios. Bwin seguirá ligado al Real Madrid hasta que el Real Madrid quiera, o hasta que se le acabe el presupuesto. Y la temporada que viene otro patrocinador saltará a su camiseta con idénticos objetivos.

Al lado de acciones clásicas y masivas como la de Bwin sorprende gratamente la iniciativa de Snickers Bar Hunger en Estados Unidos, si bien de menor alcance, con una pinta de llegar mucho más directamente al corazón de sus clientes.

Snickers patrocina una serie de iniciativas dirigidas a combatir el hambre en America, habiendo repartido más de 25 millones de comidas a necesitados, en colaboración con más de 60.000 organismos. El actor David Arquette participa activamente encerrándose horas y horas en una urna de cristal en Madision Square, en NY, con objeto de propagar buzz sobre la iniciativa.

El patrocinio hoy día requiere para ser totalmente efectivo los mismos ingredientes que cualquier otra forma de comunicación de una marca:

– máximo conocimiento del público al que nos dirigimos: sus gustos, preferencias y los posibles puntos de contacto con él
contenido estimulante: poner un logo en una camiseta no es estimulante, es lo de siempre. Encerrar a un actor famoso en una urna en uno de los enclaves urbanos más significativos del mundo sí genera boca a boca, y la explotación de esta iniciativa a traves de redes sociales como Facebook o Twitter, también.
consistencia: Snickers ha desarrollado este programa desde cero, consiguiendo apropiarse de esta área de contenido (ayudar a Americanos en dificultades) y asegurar su recorrido futuro, que no depende de la expectativas económicas de un tercero, ni de lo que haga su competencia.
Gracias a estos ingredientes, Snickers probablemente consiga reforzar su lado humano y social, ganarse una imagen más cercana a ojos de sus consumidores. Pero todo ello a través de un proceso participativo y dinámico, que también nos dice mucho –y muy bueno- sobre la actitud de Snickers sobre sus clientes.

Más información y donaciones en facebook.com/snickers

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VIRGIN: CUANTO MAS LA CAGA, MAS LES QUEREMOS

Sir Richard Branson es un tipo poco corriente. Su historia personal y profesional es fascinante, entre otras cosas porque se escribe con renglones derechos y torcidos a partes iguales.
Leyendo sobre Branson me entero de que sufrió dislexia y fue un fatal estudiante. Además con solo 15 años había sido ya propietario de dos negocios fallidos. Lo que no se le puede negar es perseverancia y una clara vocación empresarial, porque pronto lo volvió a intentar. A comienzos de los 70 viajaba a Francia a comprar discos usados y descatalogados que revendía en su propio coche de vuelta a Inglaterra. Su oferta diferencial, basada en un creciente catálogo de rarezas a buenos precios, le permitió abrir su primer almacén Virgin Records en Oxford St en 1971. Al poco de abrir este almacén, fue detenido por vender en Londres discos teóricamente destinados a la exportación. Para evitarle la cárcel, su madre tuvo que rehipotecar su vivienda y saldar la deuda con el Tax Office.

 

 

Pero es que toda su historia sigue por el mismo camino: en los casi 40 años transcurridos desde entonces ha alternado:
Exitos fulgurantes como su aerolínea Virgin Atlantic Airlines que superó una profunda crisis en los 90 con la ayuda del Gobierno británico y que hoy es una empresa saneada que mueve 4 millones de pasajeros anuales y es una referencia en el segmento premium de los vuelos transoceánicos. O como Virgin Mobile, el primer operador de telefonía móvil virtual del mundo, ahora en expansión por los cinco continentes.

 

Cagadas estruendosas como Virgin Cola, lanzada a bombo y platillo en 1990 con el propio Branson gritando al mundo desde los mandos de un tanque que pululaba por Times Square que declaraba la guerra a Coca-Cola… (la guerra duró poco…) o Virgin Trains, la ruta ferroviaria de la costa Oeste de Bran Bretaña, donde la ínfima calidad de las infraestructuras y el servicio a bordo generaron tal aluvión de críticas que Branson decidió poner pies en polvorosa.

 

Virgin es una marca enormemente diversificada (presente en cerca de 40 empresas diferentes), dispersa, que añade a su cartera negocios remotos, inconexos, y a veces de dudosa rentabilidad. En resumen, cualquier Escuela de Negocios calificaría la estrategia de expansión corporativa de Branson como un totum revolutum, como el Management del pollo sin cabeza.

 

Pero la verdad es que a Sir Richard Branson le funciona…

 

Lejos de resentirse como consecuencia de los errores, Virgin se muestra resistente, con su voraz omnipresencia en todos los sectores, en todos los medios, si no en todas sí en muchas facetas de las vidas de sus clientes. (Principalmente en países anglosajones).

 

Una extraña transferencia de personalidad entre Richard Branson y su marca, Virgin, hace que esta última muestre a su público un rostro más humano de lo que cabría esperar para una megamultinacional.

 

Virgin es una empresa gigantesca y omnipresente, pero también es una marca soñadora como un niño pequeño (Branson lleva años empeñado en transportar turistas al espacio desde Virgin Galactic, en batir todos los records de vuelos en globo desde Virgin Balloon Flights…), y vulnerable y tozuda como también lo somos los humanos. Además es sensible a la pobreza y al deterioro medioambiental (estas iniciativas se desarrollan bajo el paraguas de la empresa Virgin Unite).

 

A menudo me sorprende la ligereza conque tantas marcas proyectan imágenes exageradamente edulcoradas sobre sí mismas desde la publicidad. Me parece absurdo. Ya no somos las audiencias pasivas del 1,2,3 de Mayra Gómez Kemp. Hemos madurado. No nos creemos las películas a menos que resulten convincentes. No ansiamos relacionarnos con marcas monolíticas que nos lancen su speech desde lo alto de una atalaya. Ansiamos dialogar con marcas cálidas y cercanas, que muestren un lado humano como el nuestro.
Los humanos no somos perfectos.

 

Por eso la perfección no nos resulta convincente. Virgin es una marca imperfecta pero creíble.

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EL EMPLEADO ES LA MARCA

La definición más aplaudida últimamente de lo que es una marca afirma que ésta se compone de cuatro variables diferentes a más no poder:

– el producto: la parte tangible, la que tiene que cumplir un cometido comercial a cambio de un precio

– la comunicación: todas los intentos de la marca de hacer llegar su mensaje a los clientes

– el entorno: la presencia física del producto, tanto si hablamos de su packaging como del lugar donde éste se comercializa

– las personas: todo aquel que, desde el lado de la marca, interactúa con el cliente (un vendedor, un dependiente en el punto de venta…). Al final estas personas son un componente importantísimo de la percepción que podamos tener sobre una marca, sobre todo en servicios.

Hay cientos de ejemplos de marcas que son enormemente vulnerables al comportamiento de sus empleados: Iberia, VitalDent, IESE, ONCE, NH Hoteles, Virgin… De hecho estas marcas contienen un cierto componente de variabilidad e impredecibilidad -me he inventado esta palabra???- : nunca experimentamos la marca de la misma manera al 100%. Nuestro grado de satisfacción y en consecuencia nuestra fidelización, depende de si esas personas con las que hemos interactuado están de buen humor, han dormido bien la noche anterior, se han lavado los dientes, etc. Espeluznante.

Frecuentemente pienso lo injusto que resulta cuidar al máximo la salud de una marca y que su reputación pueda irse al traste en diez minutos de ofuscación de una recepcionista o un camarero. Veáse esta otra entrada sobre la dificultad del control de imagen de marca en servicios.

Mi ex-compañera de ICADE Miriam Aguado acaba de escribir un libro que ataca de frente a las bases de este problema. Se llama Employer Branding y su tesis es que la principal vía para combatir este problema es hacer uso de la honestidad y presentar al personal una imagen de la marca coherente con la que se comunica a los cliente. El fin es garantizar su identificación con el proyecto y conseguir evitar esos gaps entre la comunicación directa de marca y la que de ella hacen indirectamente los empleados.

El pasado viernes acudí a la presentación del libro y me impresionó muy favorablemente su disección acertada e inspiradora de este problema. Confieso que creo bastante poco en las teorías sobre detección y retención del talento (en el primer caso me parece un proceso mucho más intuitivo de lo que nos venden los especialistas en personal y en el segundo, después de estudiar por dentro a las Administraciones Públicias en mi proyecto fin de carrera,ni siquiera pienso que los compromisos a largo sean buenos), así que me sentí un pco más ajeno a esa parte.
Sin embargo, me quedo con la copla de que un momento de vacas flacas como este es idóneo para reflexionar sobre el valor que nuestro personal añade a la marca, y tratar de controlar lo incontrolable incorporando a las personas desde hoy mismo entre los stakeholders de nuestra marca.

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E-MARUJAS Y LA WEB 2.0

Me gustaría compartir con vosotros una anécdota que me sucedió esta tarde en un Starbucks.

Me quedaba media hora libre antes de una reunión y decidí revisar mi Power Point mientras sorbía un Caramel Macchiatto. Me senté en uno de esos sofás roídos, con una mesita delante para apoyar mi laptop.

A mi lado había tres señoras a las que de un vistazo clasifiqué sociodemográficamente como marujas. No quisiera parecer sexista: así llamaban en Procter & Gamble coloquialmente al público objetivo de sus detergentes!

Entre página y página de mi presentación ponía la antena intentando descifrar su conversación. Supuse que hablarían de la receta de Arguiñano de hoy, la salida de Risto de Operación Triunfo (enhorabuena, Risto, ya eras bastante más grande que el programa), o las vacaciones en Torrevieja.

Pues no.

De repente creí oir “wikipedia”. Me dije “no, es imposible”. Y agucé los oídos todavía más. Volví a oir “wikipedia” dos veces más y luego “Facebook”, “pendrive”, “Amazon” y “Skype”. Es más, una de ellas argumentaba con todo lujo de detalles la cantidad de dinero que ahorraba en sus facturas telefónicas a base de utilizar distintas aplicaciones disponibles en la Red.

El observatorio Red.es revela que Internet llega ya al 53% de los hogares españoles y a casi un 60% de los ciudadanos – aunque no nos ofrecen este dato, es de suponer que la penetración de la red en las grandes urbes es muy superior, si no prácticamente universal.

Por un momento se me olvidó que Internet es el medio más democrático que existe, que el hecho de que mis amigas las e-marujas no vistan de G-Star y zapatillas Tiger ni tengan I-Phone ni una bolsa bandolera Freitag, el hecho de que no respondan a la estética geek, no significa que no sean ciudadanas de la Red, como lo somos los demás.

Esta anécdota sin importancia esconde una lectura relevante para los grandes anunciantes. Que la audiencia –no el medio- es lo verdaderamente importante, y que Internet ha dejado de ser un gueto de techies y geeks, sino que también es uno de los pocos lugares que quedan donde todavía es posible iniciar un diálogo eficaz con las marujas de Procter.

Me queda concluir que fui prepotente al prejuzgarlas. Lo siento, e-marujas.

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