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1,50€ PARA SOLUCIONAR LOS PROBLEMAS DE LA ONCE

Once te invita al cine

Hace unos días publiqué un postsobre la obsesión de ONCE por recurrir a la publicidad en TV como único medio para combatir el descenso en la venta de cupones y combatir a sus cada vez más numerosos competidores (Quiniela, Turf, Euromillones, TropecienetasnosecuantasBonolotos etc).

Pues parece que ya han desplegado una nueva estrategia, esta vez consistente en invitarnos al cine a cambio de comprar un cupón.  Bueno, realmente no nos invitan, sino que nos ahorramos 1,50€ en nuestra entrada (si es que vamos de lunes a jueves, en los cines especificados, durante el próximo mes y dentro del espacio de 7 días desde que se compró el cupón, sin que sea día del espectador, quedan excluídas pelis digitales ¿? o en 3D)…  Guau!!!

Me pregunto, ante la tesitura de tener que atraer al kiosco de la ONCE a nuevos consumidores que nunca lo han hecho antes:

– Cuál es el valor percibido de ahorrarnos el 25% de una entrada de cine?  Justifica que vaya a un lugar que no he visitado nunca, a comprar un producto que jamás he considerado comprar, aunque me pille de paso?

– Tras años de promociones de cine gratis por parte de marcas de gran consumo de todos los colores y pelajes, qué valor emocional tiene un descuento de 1,50 eur en una entrada?

– ¿Qué sinergias existen entre el cupón y el cine?  O simplemente es un regalo y ya está.  Hombre, por 1,50€ podrían haber ofrecido un café con leche y una porra.  O un periódico.  O un montadito de chistorra.

Todos los puntos de contacto de una marca con sus clientes, actuales y potenciales (incluyendo los regalinchis), influyen en su posicionamiento.  TODOS.

Alguien que ofrece un incentivo gris, de escaso valor, indiferenciado, incoherente, y para terminarlo de arreglar, con una redención confusa, emite esos mismos mensajes sobre su propia marca. 

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SOBRE LAS INCOMPRENDIDAS AGENCIAS [DE PUBLICIDAD]

Pisar 

Hace poco estuve con un ex­-creativo (de los grandes, grandes – de esos que se hicieron famosos en los ochenta).   Hablamos un rato sobre la publicidad hoy y hace 20 años.  Se quejaba amargamente de la falta de consideración con la que se trata el trabajo de las agencias y el escaso valor que suele darse a sus ideas.  De que no remuneren justamente su trabajo.  De que les tengan como meros ejecutores de piezas publicitarias, sin involucrarles en las estrategias de marca ni en el día a día de los otros pilares del Marketing Mix.

Estoy de acuerdo.

Pero quiero pensar que la culpa es nuestra (hoy me pongo el gorro de ex publicitario yo también), porque tenemos 3 problemas serios:

– falta de credibilidad:  los clientes se han profesionalizado considerablemente en los últimos 30 años.  Las agencias siguen siendo igual por dentro y por fuera: mismos organigramas, mismas fórmulas para venderse, mismo discurso, mismos festivales, nuevos medios pero idéntico enfoque.

– falta de recursos: en casi 20 años no he conocido una sola agencia que invierta seriamente, al menos tanto como sus clientes, en investigación comercial, coolhunting, etc.  Con qué fundamento podemos sostener que somos grandes proveedores de ideas si no tenemos acceso a insights relevantes para quien realmente importa – el consumidor? 

– falta de posicionamiento:  las agencias se supone que son los grandes especialistas en posicionamiento de marcas.  A pesar de eso, después de casi 100 años haciendo anuncios, a la mayor segmentación "real" que ha llegado esta industria es a dividir el negocio en ATL/BTL.  Nada más.  En otros países existen ya agencias exitosísimas dirigidas a adolescentes, a la 3ª edad, a clusters poblacionales concretos… ¿Por qué ninguno nos atrevemos a hacerlo aquí? 

Hace poco con ocasión de un trabajo de consultoría visité 65 webs de agencias españolas.  El 99% se autodefinen implícita o explícitamente como “agencias de ideas” o “agencias de servicios plenos”.   Aquí todo el mundo quiere ser médico de cabecera, opinar sobre todo para no ser experto en nada. 

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AUNQUE EL BANCO POPULAR SE VISTA DE SEDA…

Ayer me detuve un momento a contemplar un paisaje urbano de los típicos, al que normalmente no suelo prestar atención: dos escaparates de dos bancos, el Popular y Bankinter, a escasos 100 metros uno de otro.

La entrada viene a propósito del Banco Popular, que hace unos meses ha cambiado el tono de su comunicación en el punto de venta. El mensaje que da a la calle dice: “Aquí dentro las buenas noticias económicas abundan” (perdón por la pobre calidad de la foto, tengo que cambiar de móvil…) sobre un fondo sepia de prensa económica.

No se puede negar que el mensaje es directo y agresivo, y el hecho de utilizar un fondo de papel de periódico, rompe con la estética habitual en las sucursales bancarias. Sin embargo los señores del Popular comenten un error frecuente en Branding de servicios bancarios: son incoherentes.

Estamos en el año 2009, no en los ochenta. En medio de una saturación nunca vista de ofertas indiferenciadas y con las audiencias fragmentadas y hastiadas de publicidad, una marca ya no es aquello que sus propietarios dicen que es, SINO LO QUE EL CONSUMIDOR EXPERIMENTA.

Y la experiencia del consumidor no se alimenta tan sólo de la publicidad. Es más, últimamente de lo que menos nos fiamos los consumidores es de la publicidad.

El posicionamiento de una marca en nuestra cabecita depende igualmente de la relación que tengamos con el producto (en el caso del Popular, sus ofertas tanto de activo como de pasivo), el entorno físico (sus oficinas, su señalética, su disposición interna…) y las personas (empleados del Popular que intermedian entre el Banco y nosotros sus clientes). Si la imagen del Popular está anquilosada desde hace años, si su oferta de productos es conservadora y su lenguaje complejo, alejado de la realidad de sus clientes, si las oficinas tienen un aspecto vetusto, si las personas tienen un rictus funcionarial… por muy trendy que pretenda ser su comunicación en punto de venta, y el conjunto resultará incoherente y falto de credibilidad.

A su lado Bankinter: un banco moderno e innovador. Con una imagen de marca consistente en todos sus puntos de contacto con el cliente (sucursales recién reformadas, modernas y tecnológicas, productos relevantes y fáciles de entender, una comunicación fresca y desenfadada y un personal joven y con excelente cultura de servicio al cliente).

Si yo fuese el Popular pondría en marcha una auditoría de marca a todos los niveles. Para encontrar un espacio diferencial frente a su competencia y relevante y actual ante sus consumidores. Y aplicaría este nuevo posicionamiento a su oferta de producto, sus oficinas, su personal y su comunicación.

Mejor mañana que la semana que viene. Porque por muchos carteles cachondos que cuelguen en sus escaparates, aunque la mona se vista de seda…

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NO MOLA LA OLA (DE LA ONCE)

Hace un par de años tuve ocasión de conocer a los de marketing de la ONCE. Una de las agencias de su pool me llamó para diseñar una estrategia “no convencional” dirigida a ampliar su target, atrayendo consumidores más jóvenes y afines a las nuevas tecnologías digitales.

Aquel briefing me pareció todo un acierto, un giro arriesgado pero necesario. No en vano la franquicia de clientes de la ONCE hace años que sufre un notable estancamiento. Sus ingresos se ven erosionados por la competencia de nuevos productos como Euromillones o los distintos formatos de la Primitiva. A duras penas consigue mantener a sus compradores de siempre y captar nuevos clientes parece una quimera. Si bien en los últimos años ONCE ha lanzado con encomiable esfuerzo un puñado de nuevos productos destinados a compensar la caída de ventas del cupón de toda la vida, su éxito ha sido más bien escaso.

Volviendo al proyecto en cuestión, propusimos -siguiendo al dedillo el briefing que habíamos recibido-, una plataforma para la captación y retención de nuevos clientes basada en el uso del teléfono, SMS y e-mail. El estímulo a la participación serían distintos premios exclusivos (fundamentalmente viajes experienciales irrepetibles). Alrededor, una campaña de publicidad en medios convencionales procuraría acelerar la propagación del nuevo producto entre el target.

El día de la presentación, el máximo responsable de la agencia tomó las riendas. Y provocó que el 99% del tiempo se hablase de lo gracioso que era el spot de TV. El 1% restante hablé sobre los regalos. No dedicamos ni un segundo a discutir lo acertado o no de crear una nueva plataforma de diálogo ni a hablar sobre las posibles vías para aumentar la franquicia de clientes de la casa.

De un briefing prometedor a una presentación de las de siempre.

Creo que la ONCE es esclava del éxito televisivo de antaño. Que si bien el cliente parece profesional y organizado, está tan atenazado por su problema comercial que se aferra a la tele, que un día fue la clave de su éxito, para mantener alta la moral de las tropas. Pretende aplicar recetas de ayer, cuando ni los medios, ni los clientes, ni la competencia, ni el entorno eran ni por asomo lo que son hoy día. Demandan proactivamente una propuesta que les permita oxigenar la casa, captando nuevos clientes jóvenes que sean fidelizados y generen cada vez más ingresos a través del cross-selling, pero cuando la tienen delante, centran el discurso en un spot.

Epílogo: al final se lanzó una campaña convencional (en el más amplio sentido de la palabra) con su anuncio en la tele, su cuña en la radio y sus marquesinas. No volví a la ONCE. Lástima, creo que es una marca interesante.

Había olvidado este episodio hasta que el nuevo spot del sorteo del verano de la ONCE me lo recordó. Este año la gran aportación del sorteo de verano de la ONCE es que ha enterrado a los heavies sustituyéndolos por un híbrido entre hit de Rocío Jurado y coros veraniegos de Beach Boys.

Dudo mucho que esta estrategia conduzca a mucho más que extraer una sonrisa de la audiencia la primera vez que vean el anuncio, hasta llegar al bostezo o el desdén después de la decimoquinta repetición.

Y me pregunto cuántos nuevos clientes pueden activarse haciendo lo mismo de siempre.

Y aplicando más reiteración que nunca.

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LAS MARCAS BLANCAS NO SON DEL TODO BLANCAS

Cuando hace año y medio los grandes medios comenzaron a emitir preocupantes mensajes sobre la inminencia de una crisis nunca vista, algunas grandes marcas sonrieron repachingadas en el confort de los lineales.

Incluso en un momento de criris, ellas, las marcas “de color” no tenían nada que temer ante las “imitaciones baratas”, las llamadas marcas blancas. Es cierto que cuando el consumidor se aprieta el cinturón, los productos con sustitutos a mejor precio fáciles de identificar y conseguir pueden salir perdiendo. Este fenómeno se ha estudiado empíricamente y puede demostrarse e incluso anticiparse en la mayor parte de sectores. Sin embargo, pensaron nuestras marcas “de color”, los precios más baratos por sí solos no conseguirán derribar la solidez de una relación de fidelidad como la que tenemos con nuestros clientes. Nuestras marcas son poderosas, llevan mucho tiempo entre nosotros, han sido construidas con inversiones multimillonarias en publicidad y promoción, han llegado al corazón de las personas: ¿quién podrá quitarlas de ahí?

¿La respuesta? esos mismos consumidores.

Muchos fabricantes subestimaron el potencial de las marcas blancas… pensando que eran completamente blancas. Pues no. Las marcas blancas también poseen atributos y valores que pueden hacerlas deseables. No me refiero solo al precio, ni a la transferencia de valores del propio distribuidor. Si lo miramos en más detalle, veremos que esa decisión de pagar menos por lo mismo –o casi-, responde a una reflexión de compra más profunda y significativa que produce gran satisfacción al que adquiere el producto.

Esta actitud ante la compra ha sido descrita como “comportamiento Zara”: ¡pero mira esta camiseta, si tiene una pinta estupenda: sería de tontos pagar más por una camiseta igual de Dolce & Gabana!. Pues eso, las marcas blancas no dejan de crecer porque una parte del público ha decidido que pagar casi un euro más por un yogur porque sale en la tele es injustificable. Que pagar menos no sólo es una buena decisión económica, sino que quien ahorra se siente más inteligente que quien se deja arrastrar por la hipnosis que provocan las grandes marcas. Ok, esto es una simplificación de la realidad, admito que Danone aporta más beneficios como marca que el mero hecho de ser un anunciante líder. Pero la pregunta es: ¿qué nivel de sobreprecio estaría justificado por estos valores de marca: un 30% más? un 10%?

Fabricantes: como en el lapidario mensaje de las puertas del infierno en la Divina Comedia: “desechad toda esperanza”. En el infierno –para las marcas con sobreprecio- de los nuevos mercados dirigidos por los repelentes consumidores 2.0, cada vez resultará más difícil cobrar tres eurazos por cien gramos de jamón cocido loncheado. Siempre y cuando haya alguien dispuesto a cobrar un treinta por ciento menos con una calidad razonable. No olvidemos que la calidad no es un parámetro absoluto sino relativo: la calidad solo puede ser evaluada en el contexto del precio pagado.

En los despachos de caoba de las grandes multinacionales suspiran mientras tachan ansiosamente las fechas del calendario con un grueso rotulador: ¿cuándo se esfumará la crisis? ¿Cuándo volverán los clientes a confiar en nuestra marca?

Les aguardan malas noticias: los buenos tiempos para las marcas de color simplemente no volverán.

En Marketing lo más difícil, con mucho, es cambiar las percepciones de los consumidores. Como apunta Al Ries, conseguir que un cliente reconozca que la marca a la que ha estado concediendo su confianza no la merece, y concederla a un tercero, es un ejercicio que requiere una mastodóntica fuerza para ser llevado a cabo. Y una vez que se produce, es difícil, casi imposible revertirlo.

¿Realmente tu marca de mermelada favorita ocupa un lugar tan crucial en tu vida como para echarla de menos cuando no la compras? ¿La recordarás con nostalgia durante meses hasta que la crisis amaine y te puedas permitir el lujo de volver a comprarla? ¿Te merece la pena volver a comprarla?

A lo mejor no.

El gallo de Kellogg´s frunce el pico en una mueca de impotencia mientras los carritos del hiper pasan de largo. El monopolio de los yogures argumenta que no fabrica para marcas blancas (¿es eso un activo de marca en los tiempos que vivimos?). Y la abuela de Litoral nos enseña su fondo de armario mientras reivindica que solo su fabada es realmente fabada.

La mayor constatación de que una empresa tiene un problema de marketing que no sabe cómo resolver es verla derrochar sus euros en la tele confiando en que la presión publicitaria lo arregle todo.

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El ocaso de la publicidad en TV

Vengo de una mesa redonda con el siguiente título: ¿El ocaso de la publicidad en TV?

Participaban un alto ejecutivo de una de las agencias top5 en España, un directivo de la principal central de compra de medios y uno de los grandes ejecutivos de marketing en España, el ex-Coca Cola y actual Director de Servicios de Marketing de Telefónica, Félix Muñoz.

Sus ponencias fueron correctas, pertinentes, pulcras, pero escasamente arriesgadas. Me explico: todos más o menos reconocían que la publicidad en TV pasa por un momento difícil. Apuntaban las razones y barajaban el reparto de la tarta publicitaria que se producirá post-apagón pubicitario en TVE. Pero nadie se atrevía a profundizar en el verdadero problema: el colapso de la eficacia publicitaria en los últimos 15 años y la creciente desconfianza del televidente hacia el spot publicitario de siempre.

La publicidad en TV no funciona, es un hecho. Y lo es por una sencilla razón: porque cada vez cuesta más a los anunciantes y éstos reciben cada vez menos a cambio: los consumidores simplemente no la recordamos. ¿En qué categoría de producto seguiríamos comprando obsesivamente un producto aquejado de una inflación galopante y que cada vez funciona peor? En ninguna. Sin embargo los anunciantes siguen y siguen comprando publicidad.

Obsérvese el gráfico: incontestable.

Pues bien, al final de la sesión compartí con los ponentes este argumento. A cambio recibí una iracunda respuesta del Sr Medios acusándome de fundamentalista: "no se pueden hacer descalificaciones de ese tipo. Yo conozco muchos anunciantes para los cuales la publicidad es muy eficaz".

Fantástico y muy objetivo argumento para derribar la crudeza del gráfico adjunto. Por cierto, los datos son de Sofres, que es como decir que toda la industria publicitaria los conoce.

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LA PUBLICIDAD, A LOS MUSEOS?

Como augura Al Ries, en un interesante libro que recomiendo todos estos anuncios, con sus presupuestos millonarios de produccion, su glamour y sus fastuosas ceremonias de premios en Cannes, seguirán el mismo camino que la pintura, nacida como un medio para representar la realidad y convertida siglos más tarde en un arte tan pronto como apareció la fotografía”.

A menudo los directivos de agencias publicitarias que son invitados a tertulias radiofónicas o televisivas sobre la profesión, la defienden argumentando que la publicidad tiene los mismos claroscuros que la vida misma: nos entretiene pero nos puede poner tristes, nos puede azuzar, hacernos soñar, incluso avivar nuestro deseo.

Lo que nunca nos dicen es que también nos puede hacer bostezar y que desde luego lo que busca el que paga la factura de una campaña no es generar sonrisas, sino ventas.

Igual que la pintura se alojó en los museos, la publicidad seguirá entreteniéndonos, pero cada vez será menos determinante en la conversión de nuevos consumidores.

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WEB 2.0 KILLED THE TV STAR

  • Desde el año 2000, las cadenas de TV españolas incrementaron un 43% los minutos de publicidad emitidos. Cuando las autoridades les han dado un leve tirón de orejas, las cadenas se han limitado a desplazar su publicidad de prime time –noche- a otras franjas menos sobrecargadas.
  • Más minutos de publicidad, pero no más público: los niveles de audiencia del medio llevan más de diez años estancados.
  • ¿Conclusión?: la eficacia de la publicidad tradicional está en caída libre. De 44 menciones por GRP en 2000 hemos pasado a 36,8 en 2004 (-16%).

Si la tele ya no vale para que las marcas nos cuenten de qué van, o encuentran nuevas maneras de contactarnos lo más pronto posibe, o se verán relegadas al olvido. Alguien que no nos dice nada es alguien que no nos interesa.

Muchas de las entradas de este blog especulan sobre cuáles pueden ser estas nuevas vías de contacto entre las marcas y los consumidores.

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LA CREATIVIDAD PUEDE SER UN ESTORBO

Desde que la publicidad es publicidad, las marcas hablan con los consumidores por medio de anuncios, los anunios los hacen las agencias y dentro de las agencias, los creativos.

Su combustible? una especie de inteligencia invisible que parece desplegarse como por arte de magia en los profesión. Se llama creatividad.

El cerebro creativo es una amalgama donde predomina el temperamento artístico sobre la comprensión de la realidad empresarial o el conocimiento del consumidor. Las ideas surgen más como fogonazos imprevistos de ingenio, que como consecuencia de un proceso racional que pueda ser dirigido o controlado. Las campañas nacen, son presentadas, defendidas, producidas y puestas en el aire en el egocéntrico empeño de provocar la admiración de la profesión y la sonrisa de los espectadores. Casi nunca en el intento de generar ventas y beneficios a la marca anunciada. Casi nunca con la premisa de preservar y subrayar los valores que la han hecho exitosa.

¿Cuántos creativos firmarían con orgullo una campaña de Leche Pascual? Aún así Pascual es el caso de éxito más fulgurante en el mercado de lácteos español en los últimos 30 años.

En una reciente entrega de los Effie Awards (premios publicitarios en Estados Unidos), Cheryl Berman, la entonces Directora Creativa mundial de la mega- agencia de publicidad Leo Burnett espetó a su audiencia: “…las agencias centran su esfuerzo en nociones abstractas de la creatividad y no en conseguir sólidos resultados de negocio para sus clientes”.

La creatividad abstracta, como la define Cheryl Berman, es una ruta que suele conducir al naufragio de las marcas. El oleaje trae nuevas agencias, nuevas campañas, nuevos directores de marketing ansiosos por inferir su pequeño sello personal a la comunicación de la marca. Y a cambio depara marcas borrosas, vacías de contenido e inseguras. Meros clones de otras muchas marcas que reposan a su lado en los estantes de un supermercado, carentes de atractivo alguno para el consumidor.

David Ogilvy (uno de los grandes publicitarios de todos los tiempos, llamado por algunos "el padre de la publicidd") dixit: “el negocio de la publicidad… está siendo derribado por la misma gente que lo creó, que no conocen lo que es vender, que nunca han tenido que vender nada en su vidas… que desprecian el hecho mismo de la venta… cuya misión es figurar como tipos listos e ingeniosos, y por clientes que financian su despliegue de genio y originalidad”.

Se esperan comentarios de creatas enfervorecidos…

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MAS SOBRE LA MUERTE DE BIG BROTHER

En el capítulo central de 1984, de George Orwell, su protagonista Winston Smith descubre en un manuscrito clandestino las tripas del mundo dictatorial y alienante en el que vive. Averigua que las superpotencias en las que se encuentra dividido el mundo se mantienen en estado de guerra permanente con el único fin de mantener intacta la estructura de sus sociedades.

En nuestro mundo empresarialmediáticopublicitario tampoco a nadie le interesa poner fin al equilibrio de fuerzas entre los jugadores.

Ni a los medios, que disfrutan de la inflación imparable de sus precios. Ni a las agencias, que viven de las megacampañas publicitarias para televisión, la forma más rápida y fácil de hacer dinero que tienen a su alcance.

 

¿Y a las marcas? ¿No les correspondería a ellas, que son las que al final pagan la factura publicitari, poner coto de una vez a este despilfarro?

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