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La publicidad resucita a Charlie Sheen

Leo en Advertising Age, que a pesar de sus constantes idas de olla, Charlie Sheen parece estar siendo rehabilitado por la industria publicitaria.

Dos marcas como Fiat y Direct TV le han escogido como imagen de sus campañas.

 

La gran mentira de las marcas perfectas

Te propongo un ejercicio zen. 

  • Cierra los ojos e imagina que un bloque publicitario acaba de cercenar la peli que estabas viendo y que se dispone a aparecer ante tus ojos un anuncio de chocolate en tabletas. ¿Qué tipo de imágenes esperarías ver ante tus ojos?:  sin duda chocolate cremoso derramándose, cocineros impolutos en su tajo, parejas macizas consumiéndolo mientras retozan en un sillón…  Abre los ojos: seguro que te vas a encontrar justamente eso.
  • Ahora vuelve a cerrarlos y piensa en el anuncio de un automóvil compacto.  ¿Qué tipo de valores desearía proyectar el fabricante de un producto así? ¿Juventud?: pues te enseñarán jóvenes en zapatillas y con barba de 3 días.  ¿Rebeldía? pues te los mostrarán contoneándose a un rtimo rock más indie que mainstream.  ¿Carácter cosmpolita?: basta con meter en el meollo a un par de modelos con pelo afro y otros dos con pinta de escandinavos.

Pues sí: la publicidad es sumamente predecible

El 99% de las marcas se parecen entre sí como gotas de agua, porque han sido acuñadas desde la óptica conservadora de sus gestores.  Se postulan como entes perfectos, lisas como el mármol, impolutas y sin fisuras.  Dicen justo lo que esperamos que digan.  Lo políticamente correcto, lo adecuado

Y también lo aburrido.

Porque las personas (responsables al final de crear las marcas) no somos así.  Somos iracundos pero pacientes, envidiosos y agradecidos, tenaces y pasotas, angelitos y demonios.  E.d. somos humanos.

Esta es la gran mentira de las marcas, la cual, detectada por los consumidores, provoca que nos distanciemos de ellas: la perfección no existe.  Si hemos de relacionarnos con una marca, le pediremos que esgrima la misma sinceridad que esperamos de otra persona:  que nos muestre su lado bueno, pero que no nos mienta escondiendo el polvo bajo la alfombra.

La imperfección como valor de marca

¿Por qué una marca como Fiat escoge a Charlie Sheen pasando por alto el riesgo de asociarse con un politoxicómano, ex-presidiario y con notables tintes de descerebrado?

La respuesta es muy sencilla: porque ningún competidor suyo se habría atrevido a hacerlo.  Y porque tomar esa decisión contribuye a reirse un poco de sí misma.  Todos tenemos derecho a ser "bad boys".  Nadie es perfecto.  Fiat tampoco.

Me pregunto por qué ninguna marca se ha lanzado a por Tiger Woods.  A capitalizar su actual distanciamiento de los patrocinadores desde que se descubrieron los líos en los que andaba metido.  Es cierto que Estados Unidos marca como el ganado a todo aquel que se ve envuelto en un lío de faldas, pero no lo es menos que ese proceso de redención popular que sucede al lapidamiento les produce un estado de clímax brutal.

Por eso casos como los de Charlie Sheen, Tiger Woods, y ejemplos pasados como los de Kate Moss, Hugh Grant, Mike Tyson, etc. nos muestran que los chicos malos pueden ofrecernos un intersante aporte de diferenciación y sobre todo de realismo, que deberíamos tener en cuenta.

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La música y las marcas: de la convergencia a la supervivencia

Madison & Vine

Acabo de terminar de leer "Madison & Vine: why the entertainment and advertising industries must converge to survive", un libro escrito por el colaborador de Advertising Age Scott Donaton.

Madison vine
En la portada, dos rótulos de señalización urbana inequívocamente americanos señalan las avenidas Madison (donde se concentra la mayor parte de las grandes agencias de publicidad neoyorkinas) y Vine (epicentro de los grandes estudios de Hollywood, en el estado de California).

Pop Up Música

Esa propuesta de colaboración entre las industrias del entretenimiento y la publicidad que está implícita en el título me interesó desde que me encontré el libro curioseando en Amazon.

Como os he contado alguna vez, desde hace casi dos años estoy embarcado junto con Roberto Nicieza, mi socio, en el desarrollo de una empresa musical, Pop Up Música, con un enfoque diametralmente opuesto al de las discográficas de siempre.  Por eso le llamo empresa musical y no discográfica.

Aprendemos cosas nuevas todos los días porque el camino es completamente nuevo, las antiguas rutas no sirven. No existen manuales escritos que nos muestren la dirección.  Para hacerlo más difícil, encontramos notables resistencias (desde fuera e incluso desde dentro de la propia industria) a transformarla.  En versión resumida, nuestros retos son dos:

  • demostrar que somos capaces de llevar a buen puerto las carreras de nuestros artistas (creemos ciegamente que un músico puede y debe vivir de su música aunque el CD haya muerto),
  • conseguirlo generando obviamente una rentabilidad por el camino.  No somos una ONG.

Para ello creemos en una fórmula que nadie más parece aplicar, no sé si porque no saben o porque no quieren.

Entendemos el trabajo con los grupos en clave de marca (vendemos música pero también valores), desarrollamos comunidades de fans compartiendo el contenido con una paciencia de amanuenses (no existen fórmulas mágicas para darse a conocer, sólo la dedicación intensa) e intentamos monetizar ese trabajo desarrollando fuentes de ingresos como el streaming y la venta digital, el directo y los patrocinios.

Es en este último campo donde el libro me ha dado que pensar.

La música y las marcas se dan la mano

A diferencia del cine y la TV que viven un período nervioso pero todavía ven números negros en sus cuentas, el sector musical ha sufrido ya un seísmo brutal, con el desplome en los últimos 10 años del 80% su principal fuente de ingresos: el CD.  Hace unos días un buen amigo me contaba el caso de Kodak, una marca identificada con la fotografía analógica, que de la noche a la mañana desapareció para siempre.  Pero los ejecutivos de Kodak no se paralizaron, ni centraron sus esfuerzos en demandar a los usuarios del nuevo mercado digital (como en el caso de la música, más grande, pujante y lleno de ventajas para la experiencia de uso).  En lugar de eso centraron sus esfuerzos en innovar para asegurar su viabilidad futura: apostaron por las cámaras y el revelado digital y por las impresoras inkjet.

Nosotros, desde el ámbito de ser una pequeña empresa en España, intentamos hacer lo mismo en la música.

No es que la innovación sea aconsejable, es que es el único camino posible. El libro relata el caso de "Desert Rose" uno de los singles más conocidos de Sting y el que le permitió cerrar un ventajoso acuerdo con el fabricante de automóviles Jaguar.  Sting autorizó a Jaguar a utilizar una versión de 60 segundos de este videoclip como publicidad para su marca, respetando tal cual la historia y evitando la sobreexposición comercial de Jaguar.  A cambio Sting consiguió el respaldo económico de Jaguar para el lanzamiento de su disco.

 

Estaréis pensando que nadie con menos notoriedad que Sting podría llamar exitosamente a la puerta de un anunciante como Jaguar.

Y en parte es verdad por tres razones:

  • los anunciantes, que tienen tiempo para tirar a la basura cientos de miles de euros en spots genéricos, predecibles e irrelevantes (contenidos "push" que los clientes detectan y esquivan), no parecen tenerlo para descubrir contenidos de tipo "pull" con la ayuda de empresas especializadas en entretenimiento (música, cine, TV, videogaming…),
  • las agencias de publicidad prefieren morir (de hecho, muchas ya están medio muertas…) a que terceros como las productoras, los representantes de los artistas, empresas como Pop Up o los propios medios, se acerquen a sus clientes con sus propuestas de contenido,
  • las agencias de medios, que como eslabón entre éstos y los anunciantes son de lejos las que mejor entienden el momento actual, todavía tienen mucho trabajo que hacer para ganarse la credibilidad como partners estratégicos de los anunciantes.  De momento la mayoría les siguen viendo como meros compradores de anuncios.

Es obvio: estamos ante un trabajo difícil.  Pero ilusionante.  Nos cuesta mucho conseguir tener a los anunciantes delante y más aún derribar sus escepticismos.  Cerrar acciones puntuales es complicado: en este momento (cruzo los dedos), estamos intentando cerrar un acuerdo de intercambio de contenidos por apoyo publicitario para uno de nuestros grupos.  Pero establecer acuerdos de colaboración permanente por el momento es pura ciencia ficción.

Creemos en esta idea de colaboración entre las marcas y los artistas (la música es el contenido más relevante que existe para los targets más jóvenes) porque esconde potentes sinergias para ambos.  Las marcas necesitan historias que contar, historias entretenidas e interesantes que el consumidor quiera ver, como el videoclip de Sting.  Y la industria de los contenidos necesita del apoyo financiero de las marcas.

¿Cuándo perderemos definitivamente el miedo y estableceremos un hilo directo de comunicación?


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